viernes, 21 de julio de 2017

La vida es demasiado seria como para que yo siga escribiendo. La vida solía ser más fácil, y con frecuencia placentera, y por lo tanto escribir era placentero, aunque también parecía serio. Ahora la vida no es fácil, se ha vuelto muy seria, y, por comparación, escribir parece un poco tonto. A menudo, escribir no es escribir sobre cosas reales, y cuando se escribe sobre cosas reales, a menudo están tomando el lugar de algunas cosas reales. Escribir se trata demasiado a menudo sobre personas que no pueden arreglárselas. Ahora me he vuelto una de esas personas. Soy una de esas personas. Lo que debería hacer, en lugar de escribir sobre personas que no pueden arreglárselas, es dejar de escribir y aprender a arreglármelas. Y prestarle más atención a la vida misma. La única manera de espabilarme es dejar de escribir. Hay otras cosas que debería estar haciendo en su lugar.

martes, 11 de julio de 2017




Según me cuentan mis alumnos el rock es una música que ya nadie escucha. Es de viejos, de otra época. El guitarreo ése, dicen algunos de mis alumnos para referirse al rock.

Hace años yo era capaz de conectar con alguno de mis alumnos citando grupos de rock, o, inclusive, de hip hop. El hip hop ha mutado en algo que llaman trap. Y yo ya tengo poco que decir.

En el hip hop, o rap, ya la sensación era desde mi punto de vista vertiginosa. No había modelos duraderos. Esto es, todo parecía estar en perpetua mutación. La consigna era el movimiento. O eso me parecía a mí. Con el trap (música que al parecer se difunde fundamentalmente a través de YouTube) la sensación de inestabilidad, de vértigo, se multiplica.

Los ídolos del trap no son ídolos al uso; sino que funcionan, a mi modo de ver, como una especie de espejo de su público. El público actual desprecia el culto. No le interesa para nada la distancia sino la proximidad. (En cierto sentido, el público actual desea no ser ídolo de los demás, a la antigua usanza, sino erigirse en su propio ídolo. En forma de selfies, canales propios de YouTube y cosas así.) Parece que la utopia warholiana haya sido realizada de manera definitiva.

Las viejas leyendas del rock, en ese sentido, se alinean junto a las viejas leyendas de la cultura tradicional. Robert Smith igual a Marcel Schwob, Dylan igual a William Shakespeare. Velázquez igual a Francis Ford Coppola.

El público actual parece haber hecho tábula rasa. YouTube es un agujero en el que nace una nueva cultura. Una cultura mutante, del vértigo, en movimiento perpetuo.

Mientras tanto, las viejas leyendas languidecen. Se tornan ridículas. Son desmenuzadas.

Yo ahora estoy leyendo sobre Syd Barrett (me ha dado por ahí). Barrett se corresponde con la figura del genio loco. El genio fugaz; que con muy poco marca una impronta perdurable (hoy algo así sería inverosímil; entre otras cosas, nadie respetaría su tragedia personal, sería pasto de burlas de manera inmediata).

Me interesa más lo que no se sabe. Lo que está fuera del mito. La cotidianeidad de un Barrett apartado del rock (vivió más de treinta años escondiéndose, en el más puro ostracismo, cultivando una imagen contraria a la que le había dado fama en el mundo del rock).

Hay una anécdota, manipulada por cuestiones promocionales, sin duda, que me intriga mucho. Durante la grabación del disco Wish You Were Here Syd Barrett se personó en el estudio como si fuese una persona extraña que se hubiese colado a ver a sus ídolos. Roger Waters, Richard Wright, Nick Mason y David Gilmour estaban dale que te pego con sus tonadas populares hasta que uno de ellos (Waters, dicen algunos, otros, que fue sin duda Wright) se dio cuenta de que el personaje calvo y grueso vestido de forma convencional que les estaba observando era su viejo amigo Syd Barrett. Cuenta la leyenda que los dos mencionados anteriormente (Waters, Wright) se miraron el uno al otro y rompieron a llorar. No he encontrado ningún texto (tampoco lo he buscado mucho) que complete la anécdota. Lloraban se supone porque se compadecían de la imagen de su amigo. Sin embargo, ¿alguien se molestó en hablarle a Barrett o, simplemente, se limitaron a contemplarle, compadeciéndose y llorando?, ¿se fue Barrett de inmediato, se sintió molesto, estaba tan degradado que era incapaz de mantener una conversación?

Casualmente el disco que se estaba grabando contiene una canción dedicada a Syd Barrett, antiguo miembro de Pink Floyd.

Según parece Syd Barrett siguió cobrando durante toda su vida los derechos de discos en los que no había intervenido.


jueves, 22 de junio de 2017




Merritt Tierce escribe de sexo como lo haría un hombre. Cosifica el sexo masculino como los hombres cosifican las tetas y el culo de las mujeres. Hasta el extremo de que, al leerla, la educación machista de uno elabora una vocecilla en la conciencia con intención de advertirla: ¿No te das cuenta de que te están utilizando? ¿No ves que solamente te quieren para follarte, para que se la chupes? Como si la voracidad sexual fuese cosa de hombres.

El libro de Tierce se titula Que me quieras. En inglés Love me back, que creo que no se traduce exáctamente como se ha traducido. No va solamente de sexo. Va de quererse poco, diría yo. De andar a la deriva; de perderse. De ser madre demasiado pronto y odiarse por no saber o no querer atender a una hija.

Todavía encuentro una diferencia entre la escritura de Tierce y la de un hombre. La narradora de Que me quieras se muestra, como digo, tan voraz y autodestructiva como cualquier hombre (ha habido muchos ejemplos en la literatura masculina). Sin embargo, ella lo vive como una humillación. Se entrega al sexo como una purga, con una cierta tristeza. Los grandes escritores folladores lo cuentan todo como un triunfo, como sumidos en una fiesta perpetua a pesar de lo sórdido de sus aventuras. La narradora de Tierce se está autotorturando sometiéndose a los hombres; al igual que se autolesiona cuando no puede soportar su situación.

El libro también retrata la cotidianidad de una camarera y el grupo de camareros que trabaja con ella. Su dependencia de las propinas y su precariedad. En este sentido entronca con narraciones como Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper. O, quizá también, con Factótum y Cartero, de Bukowski.

La diferencia entre Tierce y Bukowski es que Tierce se halla sumida en el trabajo de camarera sin más, sin pretender ir más allá, sin buscar trascendencia y sin creer que en ella, narradora, exista nada especial. Bukowski se sumerge en el trabajo precario en Factótum y Cartero, pero establece una distancia desde el principio. Él es otra cosa.

Tierce nunca habla de libros, por ejemplo. Apenas hay un par de referencias. No pretende equipararse estéticamente con nadie. Su honestidad es enteramente material, de los hechos. Desprovista de cualquier romanticismo.

domingo, 18 de junio de 2017




Todo aquello que llamaron grunge no era más que heavy metal depresivo y pesimista.


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